Aunque parezca una cuestión muy sencilla, a poco que se piense, resulta algo complicado definir exactamente qué es un escritor. En principio todos coincidiríamos en que serían aquellos de los que hablamos cuando nos recomendamos libros, aquellos hombres y mujeres dedicados a la poesía, al teatro o a la prosa en cualquiera de sus manifestaciones y aquellos, que gracias a la publicación de sus creaciones, se dan a conocer ante el gran público.

John Kennedy Tool

Pero la publicación no debería de ser en modo alguno la que otorgara el estatus de escritor a nadie. A un autor como John Kennedy Tool, que no pudo ver su obra publicada en vida pese a sus esfuerzos, hay que saber hacerle justicia. Porque no podemos decir que entrara a formar parte del elenco solamente cuando su insistente madre consiguió darlo a conocer, sino cuando en un arrebato de creación literaria, creó La conjura de los necios. El autor no necesitaba esperar a que nadie confirmara su genialidad. Es más, en realidad poco hubiera importado el que nunca se hubiese dado a conocer, pero se hizo, y se premió su obra, con un Pullicer.

Con esto quiero decir que ser escritor es algo mucho más profundo. Es una actitud, es un modo de transmitir una realidad con la palabra, es un deseo de transformar las letras en algo artístico y hermoso y daría igual, en el fondo, que se hiciera para satisfacción de uno o para la de los demás. En verdad, todos podríamos ser escritores.

Javier Reverte

Otra cosa es que podamos ser lo suficientemente buenos para vivir de lo que escribimos, que seamos profesionales, pero lo cierto es que sin esa predisposición a la creación poco podremos hacer. Algunos periodistas del panorama actual se ven algo lejos de esta concepción de la escritura y temen no sentirse escritores. En este sentido, destacaremos por reveladoras las declaraciones de Javier Reverte en una entrevista realizada por Belén Galindo: “Yo también creí que podría crear fantasía y trasladar al lector al mundo de la imaginación. Lo que pasa es que abrirse camino es realmente difícil. Yo me hice periodista para estar cerca de eso. Porque pensaba que era una profesión que se parecía. Y al principio sí que se parece. Luego ya no se parece nada. Y bueno, comencé a publicar libros y a no vender casi ninguno. Y si no vendes libros, no eres nadie en el panorama literario y editorial. Hasta que llegó El sueño de África. […] Un libro raro que no tenía una estructura tradicional. Era una historia de historias, de reflexiones, de poesía… y gustó”.

Esto deja entrever, por lo menos para Reverte, que el periodismo trabaja con una realidad objetiva que nada tiene que ver con esa otra realidad del escritor más enraizada en la ficción. Pero sucede que la opinión de Reverte no es compartida por muchos de sus compañeros de profesión y que los hay, de entre ellos, que reivindican el derecho a ser vistos como algo más. Y razón deben de tener cuando vemos que al considerado por muchos como el mejor reportero del siglo XX, Ryszard Kapuściński, nadie le niega la categoría de escritor además de la de periodista. Y es que alguna forma extraordinaria de contar la verdad debe de haber cuando tan difícil resultan a veces los límites.

Pero dejando esta cuestión de las definiciones para los expertos, lo cierto es que cuando alguien se propone ser escritor no se está refiriendo tanto a querer contar noticias, sino a poner la imaginación en marcha. Bien es cierto que la inquietud puede aparecer en cualquier momento ya que aparentemente no hay edad para ello, pero cuando esta viene a una edad algo avanzada, uno no puede dejar de sentir cierta envidia sana ante aquellos que parecieron nacer con la literatura corriéndoles por las venas.

En su obra El libro de las ilusiones, Paul Auster hace una correlación de algunos de ellos, de autores que alcanzaron la inmortalidad antes de los cuarenta años. Yo voy a hacer justo lo contrario, pues los escritores que cito a continuación son algunos de los incontables ejemplos de hombres que escribieron tarde por muchos motivos.

Más allá de la juventud

Miguel de Cervantes

Empezaremos por España, en pleno Siglo de Oro, y por uno de los escritores de mayor talla universal: Miguel de Cervantes. Con treinta y cinco años escribió su primera obra, La Numancia, que resultaría ser tiempo más tarde uno de sus grandes dramas. Pero pese a estrenarse con ella en su nuevo oficio de escritor (él había sido recaudador de impuestos), no llegó a publicarla de inmediato, sino que este honor corrió a cargo de su primera novela La Galatea, escrita tres años más tarde.

La primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, obra cumbre de la literatura española y por la que se le conoce especialmente, la escribirá con cincuenta y ocho años, las Novelas ejemplares con sesenta y seis, y la segunda parte de su inmortal obra, con sesenta y ocho, un año antes de su muerte.

Luís Landero

En la Ilustración tenemos a Benito Jerónimo Feijoo, considerado como el primer ensayista de la literatura española, que no publica nada hasta los cuarenta y nueve años. Y ya en nuestro siglo, Luís Landero. Landero empieza escribiendo poemas a los catorce años (en su opinión ninguno bueno), y aunque no termina siendo poeta como pretendía, sí que sabe que acabará siendo escritor. Con una excelente narración, que le valió el Premio Nacional de Narrativa y de la Crítica, escribe su primera novela Juegos de la edad tardía a los cuarenta y un años. A partir de ahí supo compaginar perfectamente su trabajo de profesor con el oficio de escritor.

En Portugal destacaremos en primer lugar a António Lobo Antunes, un médico especializado en psiquiatra que abandono la profesión justo en el momento en que pudo dedicarse de lleno a la literatura. Antunes publicó su primera novela Memoria de elefante con treinta y siete años aunque para entonces, bien es cierto, ya la habían rechazado varios editores y estaba escribiendo la tercera.

José Saramago

Su compatriota y coetáneo José Saramago, es uno de estos autores como Charles Bukowsky en Estados Unidos o el citado Luís Landero en Portugal, que empiezan a escribir desde bien jóvenes, que tropiezan por ello mismo con trabas o fracasos que no saben afrontar y que acaban finalmente abandonando. Tiempo después, sus sueños vuelven a primera línea de batalla y, reiniciando su andadura en el mundo de las letras, albergan la esperanza de que les pueda ir mejor que la primera vez.

Concretamente a Saramago le sucederá que de las dos novelas que escribe antes de los treinta, una no llegó a tener éxito alguno y la otra se publicaría póstumamente. Tras un largo periodo de veinte años vuelve a la tarea justificándose por su inactividad como escritor, diciendo: “Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar». Al igual que tantos otros y con cuarenta y cuatro años, se despide de su trabajo habitual (periodista) para dedicarse enteramente a la literatura y publica su primer libro de poemas. Su primera novela de éxito, Levantado del suelo la publica con cincuenta y ocho años.

En Francia no podemos dejar de nombrar a Stendhal. Escribió numerosos ensayos y memorias a partir de la treintena, pero su fama la debe fundamentalmente a sus cuatro famosísimas novelas: Armancia, escrita cuando contaba cuarenta y tres, Rojo y negro con cuarenta y siete, La cartuja de Parma con cincuenta y seis, y Lucien Leuwen que dejó incompleta y que se publicó tras su muerte.

En Inglaterra y en los albores del Romanticismo, Samuel Richardson escribe con cuarenta y cuatro años un código de conducta moral para los jóvenes al que da el nombre de Vademecum, pero hasta sus cincuenta y uno y a raíz de la publicación de su primera novela, Pamela, no se convertiría en uno de los escritores más admirados de su tiempo.

Anthony Burguess

El caso del escritor inglés Anthony Burguess es poco menos que llamativo. A sus cuarenta y dos años, dejó su trabajo para escribir a tiempo completo, pero no tanto por su amor a la literatura, sino por razones puramente económicas. Al habérsele diagnosticado un tumor cerebral que no podía curarse y que le iba a causar la muerte en un breve plazo de tiempo, comenzó a escribir compulsivamente con una sola idea: asegurar el futuro de su mujer Lynne con los ingresos que generaran los derechos de autor de sus obras. Las prisas le llevaron a escribir la friolera de cinco novelas y media en un año, y la no confirmación final de su diagnóstico, cincuenta libros más de una amplísima variedad de temas. Como anécdota, la media novela escrita en su periodo inicial como escritor fue acabada, y con el nombre de La naranja mecánica, se convertiría en su obra literaria más famosa.

En Italia es inevitable citar a Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de la genial y única obra que escribiría en toda su vida, El gatopardo, y que publicó con sesenta años.

En Estados Unidos, el gran poeta Wallace Stevens publica su primera colección de poemas a los cuarenta y cuatro años y Raymond Chandler Thornton su primera novela, El sueño eterno a sus cincuenta y uno.

Charles Bukowsky

Mención especial merece Charles Bukowsky. Autor de La máquina de follar y muy prolífico en su madurez. Bukowsky tan solo había logrado publicar un par de relatos en los primeros años de su veintena. El proceso editorial termina decepcionándole y tras una década de abandono retoma la actividad literaria de forma tímida con algún cuento, algún relato y algún poema. Pero no será hasta los cuarenta y nueve años cuando lo deje todo y se dedique a escribir a tiempo completo. “tengo dos opciones –diría-, permanecer en la oficina de correos (donde trabajaba) y volverme loco… o quedarme fuera y jugar a ser escritor y morirme de hambre. He decidido morir de hambre”. Y con esta decisión, con cincuenta y un años, publica El cartero, su primera novela.

Hay otros muchos escritores tardíos que podríamos citar pero, afortunadamente, la lista es tan larga que sería imposible hablar de todos los que forman parte de ella como se merecen. En cualquier caso, valgan los autores mencionados, que a mi juicio son también los más conocidos, para recordarnos que nunca es tarde para escribir.