El castillo de Peñarroya no se nombra en el Quijote, pero a buen seguro que a Cervantes no le pasó desapercibido. El primer motivo es porque en su inmortal novela los castillos son una constante, casi una obsesión, solo que de un modo simbólico, literario, imaginario o metafórico: su caballero andante confunde las ventas con fortalezas y a los venteros con sus señores y habla de castillos encantados donde se encierra a Dulcinea…

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