Parece razonable que si consideramos que un historiador no debería de tomar decisiones importantes en asuntos de salud pública, tampoco un médico debería de tomarlas en cuestiones de patrimonio por muy alcalde que fuera. Pero eso es precisamente lo que sucedió en Valencia en los años sesenta y en pleno desarrollismo, con el cardiólogo Adolfo Rincón de Arellano…